Liliana Pérez Miguel
Universidad de Burgos, España
Pontificia Universidad Católica del Perú1
La conquista y colonización de América en el siglo XVI no solo supuso una transformación política y económica de los territorios recién incorporados a la Corona castellana, sino también una profunda reconfiguración simbólica de los roles de género y etnia. Entre los numerosos dispositivos de dominación desplegados, la construcción de estereotipos sobre las mujeres indígenas ocupó un lugar central en la articulación de un nuevo orden colonial.
De Castilla a América: el traslado de estereotipos femeninos en la Edad Moderna
Los estereotipos que marcaron la representación de las mujeres indígenas durante la conquista y la colonización de América no fueron una creación ex novo del Nuevo Mundo, sino el resultado de una larga tradición cultural que arrancaba de la Antigüedad clásica, en la que lo masculino representaba la razón, la fuerza y la virtud, mientras que lo femenino encarnaba la irracionalidad, la pasividad y el pecado. Estas teorías serían reelaboradas por el cristianismo y consolidadas en la Edad Media castellana y la temprana Edad Moderna, periodo en el que estas concepciones se articularon en torno a dos grandes arquetipos simbólicos: la Virgen María, o la pureza encarnada; y Eva o Lilith, la representación de la corrupción. Esto ocasionó que las mujeres, pertenecieran al grupo que pertenecieran, fueran percibidas dependiendo de su comportamiento y de su adecuación a los ideales cristianos. Esta dualidad se expresó en los abundantes manuales de conducta femenina, como el Libro de la Instrucción de la mujer cristiana de Juan Luis Vives o La Perfecta Casada de fray Luis de León, que establecían el ideal femenino en la modestia, la obediencia, la castidad y el silencio. La doncella virtuosa debía ser recatada, humilde, encerrada en el espacio doméstico, y su valor estaba determinado por su virginidad y su sumisión al varón.
Con la llegada a América, estos esquemas culturales fueron proyectados sobre las mujeres indígenas, reinterpretadas a través de un prisma europeo. Es así que su imagen fue moldeada a partir de un imaginario preexistente que jerarquizaba los sexos y vinculaba lo femenino a la debilidad, la carnalidad y la necesidad de tutela. Sin embargo, a la alteridad de género se sumó aquí el factor interseccional de la alteridad étnica. Las indígenas no solo eran consideradas mujeres, sino además “otras” racializadas, lo que agravaba su percepción como seres inferiores, salvajes y necesitados de conversión religiosa y control moral.
El discurso colonial adaptó los viejos arquetipos europeos para aplicarlos sobre las nuevas poblaciones, elaborando imágenes de mujeres indígenas como objetos de deseo, agentes de corrupción o simples cuerpos a ser dominados y utilizados en función del proyecto imperial. De este modo, la conquista no solo fue una empresa militar y política, sino también un proyecto de reconfiguración simbólica donde las mujeres indígenas fueron inscritas en categorías preexistentes de inferioridad, sexualización y sometimiento.
Principales estereotipos coloniales de la mujer indígena
La representación de las mujeres indígenas en las crónicas de Indias, respondió a una lógica discursiva de dominación colonial en la que se articulaban factores como el género, la etnicidad y la moralidad. Tal y como señala Francisca Noguerol, ya en los primeros relatos europeos fueron inscritas en imaginarios que las presentaban simultáneamente como objeto de fascinación, de temor y de necesidad de redención cristiana. Es así que, desde las primeras crónicas, las mujeres indígenas fueron encasilladas en tipologías que oscilaban entre la admiración y el desprecio. Así, mientras que Fray Bartolomé de las Casas resaltaba la inocencia de las “naturales”, Juan Ginés de Sepúlveda las deshumanizaba, considerándolas apenas superiores a los animales. Por su parte, Cieza de León reprodujo una imagen ambivalente en la que, si bien reconocía el valor de algunas mujeres indígenas en sus relatos, también enfatizaba su supuesta facilidad para entregarse sexualmente y su falta de recato, en comparación con los cánones cristianos2. De este modo, la literatura contribuyó decisivamente a la construcción de un imaginario en el que la mujer andina era un ser inferior, diferente y, simultáneamente, objeto de deseo, de temor y de desprecio.
Una vez asentado el dominio colonial, los estereotipos sobre las mujeres indígenas se consolidaron en grandes modelos en función al orden social impuesto. En primer lugar, se configuró la imagen de la indígena inocente, mujer virtuosa y sumisa que, una vez evangelizada, encarnaría el ideal cristiano de docilidad, obediencia y servicio. Esta representación funcionaba más como horizonte normativo que como una descripción real de las indígenas, a quienes se atribuía generalmente la incapacidad de alcanzar los estándares de virtud impuestos por el modelo hispánico.
El segundo gran estereotipo fue el de la indígena como mujer pecadora y licenciosa. Se difundió la idea de que, tanto las indígenas como las mestizas, eran naturalmente inclinadas a la lujuria, propensas al adulterio y a prácticas sexuales consideradas inmorales según la moral cristiana. Recordemos que las prácticas indígenas de maternidad, sexualidad y religiosidad fueron reinterpretadas bajo parámetros cristianos, desfigurando sus significados originales para encajarlas en categorías de civilización o barbarie. Como señalamos antes, dicha sexualización sirvió para justificar tanto la violencia sexual sistemática de la que estas mujeres fueron objeto durante la conquista y la colonia, así como su marginación social y su sometimiento político.
Otro estereotipo particularmente significativo fue el de la hechicera indígena. Aquellas mujeres que persistieron en prácticas rituales, curativas o religiosas fueron sistemáticamente catalogadas como brujas, asimilándolas a las figuras demoníacas perseguidas en Europa. La acusación funcionó como un mecanismo de control político, religioso y sexual, disciplinando a las indígenas y deslegitimando sus saberes ancestrales3. Es de destacar que todos los estereotipos, incluían la visión del “otro” racializado, donde la indígena era vista como potencial apoyo o potencial peligro para el orden colonial.
“La Malinche” como ejemplo de los estereotipos femeninos
Dentro de esta cuestión, probablemente uno de los mejores ejemplos de representación estereotipada de la mujer indígena en América sería la figura de Malintzin, conocida popularmente como La Malinche, o doña Marina. Condenada por muchos como la primera “traidora” de su pueblo, Malintzin fue, en realidad, una intérprete y mediadora cultural fundamental durante la conquista de México. En el imaginario colonial y posteriormente nacionalista mexicano, fue asociada a la figura de Eva la mujer que, por su debilidad o corrupción, causó la caída de su gente. Esta carga simbólica convirtió su imagen en una poderosa metáfora de la derrota indígena y de la traición de las indígenas al orden tradicional.
Estudios recientes han cuestionado esta visión, subrayando que Malintzin actuó bajo condiciones de coerción y que su papel como mediadora fue esencial para la sobrevivencia de muchos grupos indígenas frente a la violencia española. Su reivindicación contemporánea como símbolo de agencia y resistencia femenina representa un esfuerzo por desmantelar los estereotipos coloniales que la han lastrado por siglos. Aunque la Malinche es una figura anclada al contexto mesoamericano, su estereotipo como mujer indígena traidora e hipersexualizada se proyectó en otras regiones coloniales, como el Perú, donde, aunque no existió una figura exactamente equivalente, se construyeron imágenes similares de las indígenas que colaboraban o se vinculaban con los españoles, como evidencian las crónicas y procesos judiciales andinos.
América como mujer indígena
Incluso, la representación alegórica del continente americano como una mujer indígena desnuda y sexualizada fue una constante en la iconografía colonial europea, reforzando los estereotipos de género y raza que justificaban la dominación imperial. En grabados como los de Theodor Galle, América aparece como una figura femenina. En uno de sus grabados, América desnuda, sentada en una hamaca, extiende su mano hacia un conquistador europeo portador de estandarte y sextante, en una postura que sugiere sumisión y disponibilidad sexual. Esta imagen no solo simbolizaba la fertilidad y la riqueza del continente, sino que también proyectaba la idea de un territorio exótico y pasivo, listo para ser explorado y poseído por el colonizador. En otra de sus obras, América, es una mujer indígena desnuda que empuña una lanza en una mano, y una cabeza decapitada en la otra, mientras que un ave exótica sigue sus pasos. La desnudez americana, en contraste con la vestimenta que representaba la civilización europea, lejos de ser un símbolo de libertad, era signo de barbarie, ignorancia y necesidad de civilización, legitimando así la conquista.
Si bien estas imágenes eran parte de la tradición iconográfica europea de representar, desde el siglo XVI, a los cuatro continentes conocidos (Europa, Asia, África y América) como mujeres alegóricas, América es la más desnuda, salvaje y joven, lo que subrayaba su necesidad de ser “domesticada” y evangelizada. Este tipo de representaciones visuales complementaban los discursos escritos de las crónicas, donde las mujeres indígenas eran frecuentemente descritas como objetos de deseo o como amenazas morales, consolidando una visión de América como un espacio femenino, erotizado y subordinado, que debía ser conquistado y civilizado por el poder masculino europeo.
El estereotipo de la mujer indígena y mestiza en el territorio andino
En el ámbito andino, los estereotipos coloniales de las mujeres indígenas y mestizas siguieron los patrones generales elaborados en el conjunto de Hispanoamérica, pero adquirieron matices propios debido a las características particulares del antiguo Tawantinsuyu y a las dinámicas sociales impuestas en el Virreinato del Perú. Por ejemplo, en este espacio, uno de los elementos distintivos era la figura de la coya, esposa principal del inca y representante de la nobleza femenina andina. Si bien en los primeros tiempos coloniales algunas fueron reconocidas como herederas de un linaje prestigioso e incluso lograron negociar su integración en la sociedad colonial a través de alianzas matrimoniales con españoles, este reconocimiento inicial fue rápidamente subsumido bajo una lógica colonial que restringía al máximo, si no eliminaba, su agencia y espacios de acción. Ejemplo de ello sería la Coya Cusi Huarcay, esposa de Sayri Túpac, quien, tras la muerte de su esposo, quedó en una situación de gran precariedad económica. A pesar de sus esfuerzos, de su linaje legítimo y de su habilidad retórica fue forzada a contraer matrimonio con un soldado de baja condición.
Más allá de las coyas y ñustas, las mujeres indígenas comunes se vieron progresivamente desplazadas hacia los márgenes de la sociedad colonial. El estereotipo de la “india puta”, desarrollado especialmente en las crónicas de Guamán Poma de Ayala, reflejó esta transformación. Tal y como señala Marcel Velázquez, para Guamán, las mujeres indígenas, tras ser corrompidas por los españoles, habrían abandonado sus antiguas virtudes de castidad y laboriosidad para entregarse al pecado, dando lugar al nacimiento de “mesticillos” y a la descomposición social de las comunidades originarias. El autor destaca el valor de cambio que, según el cronista, las mujeres indígenas habrían puesto a su sexualidad para obtener ventajas en su adversa condición. Asimismo, lejos de ser víctimas pasivas, Guamán Poma las acusaba de crear activamente vínculos personales con figuras de poder para obtener beneficios materiales:
¿Por qué cauza quieren ser cocinera y chichera y panadera y lauandera y manseba y ciruiciales yndias de los dichos corregidores y padres de las dotrinas y comenderos y de jueses y becitadores? Con color de ella cada uno pide su mitayo y de comer cin costa. Y le haze trauajar a los pobres yndios y le rroba quanto puede y no ay rremedio (Poma de Ayala 518).
Para Guamán, sus actos las habría corrompido en todos los planos y debido a esto no podían ni formar parte de la reproducción social andina:
“estas dichas yndias salen enbusteras, bachelleras, ladronas, muy grandes putas, tanberas peresosas, amigas de comer, rregalos y ni cirue a Dios ni a su Magestad ni obedese a sus justicias ni a sus caciques prencipales ni a sus padres y madres ni a sus maridos […] ya no quiere casarse con indio hatun runa, indio bajo[…] son peores que negras y no tienen ya honra” (Poma de Ayala 869).
Esta visión, aunque impregnada de la propia cosmovisión moral de Guamán Poma, revela hasta qué punto el discurso colonial permeó también los relatos indígenas, contribuyendo a la reproducción de estereotipos negativos. En este sentido, otro caso de interés sería el del Cronista mestizo Inca Garcilaso de la Vega, quien en su obra Comentarios Reales de los Incas (1609), ofrece una representación compleja de las mujeres indígenas, con base a su propia experiencia y su doble pertenencia inca y cristiana. Por un lado, el autor, elogia a las mujeres de la élite andina, a la que pertenecía su propia madre Chimpu Ocllo, es retratada como un modelo de dignidad, sabiduría doméstica y resistencia, desmintiendo cualquier noción de inferioridad femenina o indígena. A diferencia de los cronistas peninsulares, Garcilaso evita la erotización o la degradación de las mujeres indígenas, y propone una reconstrucción positiva de su rol en la sociedad andina.
Sin embargo, gran parte de su análisis sobre las mujeres se realiza desde una cosmovisión más occidental que incaica, que se muestra cuando alaba su capacidad para cuidar el hogar y realizar las tareas asociadas al mismo como la costura o la cocina. Asimismo, ensalza su sumisión a la autoridad masculina y su honestidad y castidad haciendo particular énfasis en las Acllas, o vírgenes del Sol, como ideal femenino de pureza y servicio religioso. No obstante, su mirada, que sigue inserta en categorías europeas de virtud cristiana (castidad, obediencia), revela los límites de su reivindicación. Finalmente, al igual que Guamán Poma de Ayala, lamenta la corrupción y el deterioro moral que afectó a las indígenas tras la llegada de los españoles, y señala cómo la violencia sexual (prácticas como el concubinato forzado o la prostitución), la ruptura de las estructuras familiares y la imposición de nuevas normas alteraron irreversiblemente la condición de las mujeres andinas.
De la Colonia a la República
A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, los estereotipos sobre la mujer indígena y mestiza no solo persistieron, sino que se adaptaron a las nuevas realidades y necesidades del sistema colonial. La consolidación de la economía minera, la urbanización de ciudades como Lima y Cuzco, y la progresiva mestización acentuaron la percepción de las mujeres indígenas como seres inferiores con cuerpos vulnerables y disponibles y, por tanto, susceptibles de ser explotadas económica y sexualmente. En los siglos XVII y XVIII las mujeres indígenas y mestizas fueron sistemáticamente sexualizadas y situadas en los márgenes del honor social. Tal y como demuestra Maria Emma Mannarelli en Lima las categorías de raza, género y moralidad se entrelazaron para reforzar un orden jerárquico que asignaba a las mujeres indígenas y mestizas posiciones de inferioridad sexual y socia al representarlas como naturalmente proclives a la promiscuidad, la ilegitimidad y la desviación moral. La ilegitimidad, que afectó de manera desproporcionada a las mujeres indígenas y mestizas, consolidó su exclusión del ideal de honor y respetabilidad que protegía a las mujeres españolas y criollas.
Durante el siglo XIX, los estereotipos construidos en la época colonial sobre mujeres indígenas y mestizas no solo persistieron en el territorio andino, sino que fueron reformulados y adaptados a las nuevas dinámicas de la república. Patricia Oliart muestra como en Lima las indígenas fueron representadas en la literatura y los discursos públicos como cuerpos resistentes pero toscos, asociados al trabajo duro y la maternidad prolífica, mientras que las mestizas empezaron a ocupar un lugar ambiguo como figuras de transición racial. Las indígenas fueron vistas como portadoras de una femineidad degradada, limitada a la reproducción y el trabajo servil, que les asignaba un lugar marginal en el proyecto de modernización nacional, que prefería el “blanqueamiento” mediante la inmigración europea o la promoción de un mestizaje selectivo. Por su parte, las mestizas, aunque a veces admiradas por su belleza, fueron consideradas sospechosas moralmente y situadas en un espacio de inestabilidad social. De este modo, las imágenes raciales y sexuales de mujeres indígenas y mestizas se convirtieron en instrumentos de la élite limeña para justificar las jerarquías sociales y los proyectos de ingeniería racial que marcaron el desarrollo de la república peruana.
En resumen, la construcción de estereotipos sobre la mujer indígena en el periodo colonial constituyó un dispositivo central en el entramado de dominación española en América. En el Virreinato del Perú, las representaciones de las mujeres andinas reiteraron estas lógicas de dominación simbólica. Las fuentes, tanto las de origen europeo como las indígenas, muestran cómo estas imágenes se consolidaron y evolucionaron en respuesta a las transformaciones políticas, económicas y sociales del periodo. La historiografía reciente ha contribuido de manera significativa a cuestionar estos relatos, mostrando la capacidad de agencia, negociación y resistencia de muchas mujeres indígenas frente a las estructuras coloniales, algo fundamental ya que reconocer la complejidad de sus trayectorias históricas implica desmontar los estereotipos que las han reducido durante siglos a caricaturas de pecado, debilidad o traición.
1 Este texto fue presentado como miembro del equipo EDGES de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
2 Es pertinente señalar que las crónicas tendieron a idealizar a ciertas mujeres nobles, especialmente cuando se mostraban colaboradoras con los españoles, mientras que despreciaron y animalizaron a las mujeres comunes, presentándolas como proclives al pecado, la idolatría y la rebelión.
3 Como muestra Irene Silverblatt, en el contexto andino colonial, el discurso de la brujería fue un instrumento central para desarticular el poder simbólico de las mujeres indígenas. Para la autora, al convertir a las mujeres indígenas en hechiceras y brujas, el colonialismo no solo destruyó estructuras religiosas autóctonas, sino que también reordenó jerárquicamente el género y la raza bajo un paradigma cristiano y patriarcal (Silverblatt 1990).
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