Contributor: Adriana Scaletti-Cárdenas

  • Territorio indígena: una mirada desde el Perú

    Adriana Scaletti-Cárdenas
    Pontificia Universidad Católica del Perú

    El Perú es un territorio intervenido prácticamente en su totalidad por la mano humana. Esto puede sorprender frente a las nociones convencionales de la “naturaleza virgen” y del “paisaje natural” que son de difusión generalizada, pero se trata de una realidad objetiva, con pocas y notables excepciones. Estas intervenciones humanas -lo que hoy llamaríamos manejo del territorio– son hijas de una ocupación de milenios, e involucran áreas de gran diversidad geográfica y climática: los espacios, asentamientos y transformaciones son resultado de las acciones de diferentes grupos y civilizaciones, preocupadas en satisfacer ya no solo las necesidades básicas, sino por alcanzar calidades de vida y confort más allá de lo simplemente aceptable. Algunos procesos se vieron truncados por la conquista del siglo XVI, pero otros permanecieron más o menos hasta el presente y se puede aún leer sus huellas en el entorno habitado.

    El territorio de lo que hoy es el Perú ha sido dividido para su estudio por los especialistas de diversas maneras (véase por ejemplo, Brack y Mendiola 2000): en lo fundamental siguiendo la orientación tendencialmente paralela al Océano Pacífico en Costa, Sierra y Selva; y más científicamente en base a sus pisos altitudinales, desde la propuesta de Pulgar Vidal (1966). Este autor propone una división en ocho regiones, nombradas siguiendo la toponimia indígena: la costa desértica o Chala (0-500 m.s.n.m.), la Yunga (500-2300 m.s.n.m.), la Quechua (2300-3500 m.s.n.m.), la Suni (3500-4000 m.s.n.m.), la Puna (4000-4800 m.s.n.m.), la Janca o cordillera (4800-6750 m.s.n.m., la altura del Huascarán, el pico más elevado del país), la selva alta o Rupa Rupa (también llamada popularmente “ceja de selva”, 400-1500 m.s.n.m. en la vertiente oriental de los Andes) y la selva baja u Omagua (80-400 m.s.n.m). En todas ellas, la presencia humana ha buscado aprovechar y gestionar el espacio original, transformándolo con su accionar o mediante su sacralización e intangibilidad relativa en un escenario cultural. En específico, el entendimiento de las antiguas poblaciones indígenas de la región significó utilizar cada piso altitudinal en diferentes formas y momentos del año, a veces en simultáneo para obtener diferentes recursos, a veces circulando entre ellos sistemáticamente.

    Podemos hablar así de una infinidad de paisajes culturales, que marcan el territorio y los ámbitos de influencia de diferentes expresiones humanas. A pesar de esas diferencias, entendemos que tienen en común desde los orígenes una percepción escalar que relaciona al espacio habitado directamente con el territorio; y en mayor o menor medida, elementos animados donde cerros, ríos, el mar- todos tienen participación en la vida humana y con ella interactúan. Los más notables entre estos elementos del paisaje son señalados como apus o huacas, referentes ineludibles en la construcción simbólica del entorno y frecuentemente base para el emplazamiento de las más importantes edificaciones del mundo indígena: un ejemplo tremendamente significativo en la costa del Perú actual es el santuario y oráculo pan-andino de Pachacámac, ubicado estratégicamente en un promontorio entre el mar y el valle y cuyo establecimiento se explica en mitología como la conservada en el manuscrito de Huarochirí (Arguedas 1966) , recopilado a fines del siglo XVI desde las tradiciones orales. 

    En términos más tangibles, como se señaló líneas arriba ya desde la revolución neolítica puede comprobarse en el Perú el inteligente entendimiento de las posibilidades del territorio, que permitió a las comunidades indígenas el mejor aprovechamiento de la biodiversidad de la región: se registran así, desplazamientos recurrentes de la población en los diferentes espacios determinados por geografía, climas y pisos altitudinales y por ello con acceso a múltiples recursos (véase, por ejemplo, Lavalée 1997). Desde ese inicio trashumante, puramente extractivo, se pasó rápidamente a una ocupación más o menos permanente, y ello significó el desarrollo de las primeras aldeas agrícolas o pastoriles de las que por el momento existe limitada evidencia. Pero a todo ello siguió, con notable empuje, el inicio de un período de siglos de domesticación del territorio, con acciones de lo que hoy podría llamarse, con cierta licencia,  infraestructura territorial, a lo que se unieron los primeros grandes centros ceremoniales-administrativos y las incipientes ciudades.  

    El período en el que estas intervenciones se disparan en número y continuidad es el que Lumbreras y otros han definido como “Formativo”: entre otras importantes innovaciones, es entonces que se registra el desarrollo de la metalurgia y uso de la cerámica cocida, lo que permitió la fermentación de líquidos y la cocción y almacenamiento de más alimentos, con el consiguiente aumento demográfico. Como referencia, son de este momento obras construidas colectivas como el canal de Cumbemayo, que deriva agua de los manantiales de los cerros Cumbe, que fluiría naturalmente hacia el Pacífico, a la vertiente oriental del Amazonas, en más de nueve kilómetros de desarrollo en piedra labrada.

    En los siglos siguientes, mientras el aspecto urbano se definía en expresiones cada vez más regulares y complejas, la ejecución de obras de irrigación de toda escala -particularmente notables son las que culturas en sucesión establecieron en el valle de Moche- y muchos otros canales de todas las dimensiones aparecen con mayor claridad técnica y recurrencia. Aquí deben mencionarse, por ejemplo, los canales subterráneos preincas en el desierto de Nazca y Paracas, abiertos para control y limpieza en “ojos” o puquios que todavía señalan el paisaje; la canalización de ríos con propósitos fuertemente simbólicos como en Chavín de Huántar o Pisac; el sistema urbano de acequias y fuentes del Cusco de Pachacútec -vigente hasta los siglos siguientes y aún hoy existente bajo las calles cusqueñas modernas- e incluso intervenciones como el gran canal de Surco, que con más de 29 kilómetros todavía riega muchas de las áreas verdes de la gran metrópolis moderna de Lima. 

    Muchas de estas intervenciones de transformación territorial que han llegado al presente como actividades “vivas” son de naturaleza agrícola1; aquí deben incluirse, por supuesto, los andenes y terrazas agrícolas definitorios del paisaje en muchos ámbitos y con algunos ejemplos de particular elegancia sobretodo en el Imperio Inca, como Moray o las salinas de Maras; pero no deben olvidarse tradiciones menos extendidas o concentradas en una región específica, como los waru-waru o camellones en el entorno del lago Titicaca, utilizados para proteger los cultivos de las heladas; o las hoyas de cultivo en las zonas desérticas de la costa, que buscan nutrirse de la napa freática cercana a la superficie. Asimismo, no deben descuidarse en este discurso los corrales dispersos pensados para camélidos andinos o las organizaciones periódicas en las alturas para los chacos, que se relacionan aún hoy con la cosmovisión y engranaje territorial de muchas comunidades indígenas activas.

    El desarrollo agropecuario de algunos valles trajo consigo una nueva necesidad: la protección de los mismos, frente a posibles ataques de pueblos vecinos menos favorecidos. De ese modo, las intervenciones a nivel territorial se ampliaron a la instalación de fortalezas y ciudadelas amuralladas, como las del valle de Casma. Estos asentamientos militares, en muchos casos, incorporaban las expresiones de templos y centros administrativos y ceremoniales; que al tiempo eran también indispensables para controlar y manejar el territorio, ya fuera a através de las armas, ya a través del conocimiento de los especialistas, sacerdotes que observaban los astros para entender el clima, como en Chankillo. Las propias ciudades, si distribuidas con la administración territorial en mente, resultaron indispensables en momentos como los de la cultura Wari -contemporánea con Tiahuanaco, en la actual Bolivia- con modelos estandarizados, ortogonales y repetitivos, que permiten hablar claramente de un sistema de ocupación metódico y planificado.

    Otro importante componente de dominio humano sobre el espacio se apoya en las comunicaciones: caminos y puentes de varios momentos pero sobretodo de época imperial todavía marcan el territorio, aunque en muchos casos cubiertos por recorridos modernos, inteligentemente reconociendo su ubicación y calidades estratégicas, aunque no necesariamente con respeto o cuidado por la permanencia indígena. Ello ha resultado no solo determinante para la fisonomía de ciudades y la organización de recorridos en la actualidad, sino que además permite imaginar la increíble dimensión de estos sistemas en una geografía tan compleja como la de los Andes. El ejemplo más representativo a escala territorial es posiblemente el del inmenso Qapac Ñan, el “Camino Real” de los incas: se desarrollaba a lo largo de cinco países actuales, recorriendo más de 30000 kilómetros en la cima de los Andes y con ramales bajando hacia ambas vertientes. Puentes como el Qeswashaka se reconstruían anualmente por las comunidades a ambos lados del cañón que forma el río Apurímac allí, para asegurar su mantenimiento2. Pero además del gran camino incaico, numerosísimos otros, siglos antes, fueron ya establecidos. Como los canales, se trabajaron colectivamente, y como los canales, en muchos casos sobrevivieron a la conquista del siglo XVI. Mientras que muchas transformaciones en el ámbito agrícola desaparecieron por descuido o se redujeron drásticamente por no ser entendidas -como por ejemplo el recojo e utilización de la humedad ambiental en el cultivo en lomas y laderas- caminos y canales se identificaron  como elementos inmediatamente útiles y permanecieron.

    El presente nos enfrenta nuevamente a un territorio de naturaleza compleja, con múltiples urgencias, que necesita ser entendido para poder ser eficiente y respetuosamente habitado. Reflexionar sobre las ensayos y triunfos de siglos de las comunidades indígenas en ese sentido no puede ser sino un paso indispensable en la dirección correcta; y entender cómo los aportes y transformaciones que contribuyeron los siglos siguientes nos han colocado en la situación presente, una advertencia que hay que asimismo entender para crear un nuevo, informado sistema.


    1 Los andenes son plataformas escalonadas, delimitadas por un muro de contención, que se construyen ocupando las laderas de la accidentada geografía andina, permitiendo la conservación del suelo y el agua, frecuentemente asociados a pequeñas acequias o canales. Las terrazas de cultivo son algo menos resueltas y típicamente siguen la pendiente donde se ubican.
    2 Afortunadamente, esta práctica se mantiene hasta el presente.

    Bibliografía:

    Arguedas, José María. 1966. Dioses y hombres de Huarochirí [Narración quechua recogida por Francisco de Ávila (1598)]. Lima: Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú-Instituto de Estudios Peruanos. 

    Brack, Antonio y Cecilia Mendiola. 2000. Ecología del Perú. Lima: Editorial Bruño – Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

    Canziani, José. 2012. Ciudad y territorio en los Andes: contribuciones a la historia del urbanismo prehispánico. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

    Hyslop, John. 1990. Inka Settlement Planning. Austin: University of Texas Press.

    Kendall, Ann & Rodríguez, Abelardo. 2009. Desarrollo y perspectivas de los sistemas de andenería de los Andes centrales del Perú. Cusco: Instituto Francés de Estudios Andinos –  Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas. 

    Lavalée, Daniéle. 1997. “Territorio, recursos líticos y estrategias de aprovisionamiento en la cuenca del alto Shaka (Junín, Perú)”. En Arqueología, Antropología e Historia en los Andes. Homenaje a María Rostworowski, editado por Rafael Varón y Javier Flores, 353-378. Lima: Instituto de Estudios Peruanos – Banco Central de Reserva del Perú.

    Lumbreras, Luis. 1981. Arqueología de la América Andina. Lima: Editorial Milla Batres.

    Pulgar Vidal, Javier. 1996. Geografía del Perú. Lima: Editorial PEISA.

  • Arquitectura vernácula, arquitectura indígena, arquitectura tradicional

    Una mirada desde el Perú

    Adriana Scaletti-Cárdenas
    Pontificia Universidad Católica del Perú

    El concepto de “arquitectura indígena” se encuentra frecuentemente englobado dentro de definiciones de espectro más amplio como “arquitectura vernácula” o “arquitectura tradicional”. Ello resulta finalmente una complicación de definición, al encontrarse estos mismos términos dentro de límites borrosos e indefinidos. Hablar de arquitectura vernácula implica pasar desde las definiciones fundacionales, como las de Rudofsky (1964) de “arquitectura sin arquitectos”, hasta expresiones más concentradas en las fronteras entre lo urbano y lo rural, como si estas dos últimas condiciones no existieran dentro de la arquitectura y transformación territorial indígena, muchas veces combinadas y coexistiendo. Aunque el uso de “arquitectura tradicional” puede entenderse entonces como más permisivo, plantea otra dificultad: ¿tradicional de dónde y tradicional de cuándo y tradicional de quiénes? Abandonar ese universo y tratar de concentrar el tema en la arquitectura y construcción indígenas en términos estrictos, por su parte, nuevamente se tropieza con otra posibilidad de confusión: ¿cuándo “termina” la arquitectura indígena y comienza la del mestizaje o incluso la de la globalización? 

    Las discusiones de especialistas al respecto, buscando encontrar un espacio consensuado, llevaron en las últimas décadas del siglo XX a indicaciones todavía algo ingenuas como las de la Carta del Patrimonio Vernáculo de ICOMOS (1999), que utilizaba como intercambiables “vernáculo” y “tradicional”; pero también incentivaron la construcción de a expresiones más elaboradas y a un más profundo análisis de la problemática en muchas regiones del mundo. Una de las más claras es tal vez la  propuesta por Arboleda (2006) que busca llevar la discusión hacia la conexión con lo local:

    “ […] la arquitectura vernácula, se caracteriza por no seguir ningún estilo específico, ni estar proyectada por un especialista, sino que se construye directamente por los usuarios y normalmente utiliza los materiales disponibles en la región en la que se construye. Es el resultado de siglos de experimentación y por esta razón, las manifestaciones vernáculas son siempre intemporales y adecuadas al clima, topografía, materiales de construcción del sitio y forma de vida de sus habitantes”. (Arboleda, 2006).

    Es posible entender entonces lo vernáculo como un resultado antes que como una iniciativa: el resultado -en permanente actualización- de un proceso histórico, de conexión con el territorio y sus recursos, y -significativamente- con las necesidades e intereses de un grupo humano en un espacio específico. A esto deben añadirse, sobre todo en países como los del área andina, componentes sincréticos que van desde lo material hasta lo simbólico. Viñuales (2007: 1) insiste en este punto, señalando que “ningún pueblo se ha desarrollado con total autonomía de sus vecinos, por lo cual las arquitecturas vernáculas no son las “incontaminadas”, si no las que cuando se han apropiado de diseños ajenos lo han hecho en dosis controladas y a través de adecuaciones”.

    Esta perspectiva permite acercarse a lo vernáculo desde diversos momentos. El primero, fundamental, es el del espacio indígena original, en general en un pasado remoto donde los límites territoriales de las culturas estaban claramente definidos y acotados. En el Perú, es el espacio de la arqueología, que organiza las expresiones construidas de grupos humanos temporalmente: tras un período inicial de cazadores y recolectores (“Lítico” en la clasificación de Rowe 1962) con aldeas de las que poco permanece, aparece la primera arquitectura pública monumental en una etapa entre el 5000 y el 1800 aC (el “Arcaico”), en expresiones tan fascinantes como Huaca Prieta, Caral, Paraíso, Alto Salaverry -en la costa desértica, edificadas en tierra cruda- o Kotosh, en la zona montañosa de la Amazonía, construida en piedra cuidadosamente trabajada. Un interesante factor común entre todas estas expresiones puede entenderse tanto por el material -hijo del lugar y de las capacidades técnicas del momento- como por la definición formal: en la costa, triunfan las pirámides macizas en “forma en U”, con dos brazos, uno más corto que el otro, a los lados del cuerpo principal, posicionados en un lateral de los valles agrícolas que administraban como centros ceremoniales. En la sierra, un sistema de recurrente enterramiento de los edificios hasta construirlos más y más grandes y altos, como sepultando el pasado en un nuevo renacer permanente. Y esto último se verá nuevamente en todo el territorio indígena en los siglos siguientes, como una característica clave de los espacios sagrados prehispánicos. 

    El período entre el 1800 y el 500 aC es significativamente denominado “Formativo”, e involucra los cambios radicales de la aparición de la cerámica cocida, las grandes obras de irrigación inter-valle y conjuntos de la relevancia y potencia de Chavín de Huántar, tal vez el primer oráculo pan-andino, ancestro en ello a Pachacamac, con mucha de la simbología antropomorfa que caracterizó el lenguaje artístico de la región desde entonces. Sus poderosos muros y corredores excavados se ven sin embargo pequeños frente a las inmensas pirámides de adobe Moche (“Intermedio Temprano”, 500 Ac a 700 dC) en la costa norte del Perú. La contrapartida a los valles irrigados costeños que permitieron el excedente de prosperidad necesaria para lograrlas surgió con Wari (“Horizonte Medio”, 600-1000 dC), un antecedente directo del imperio incaico en la sierra sur, con edificios pétreos de varios niveles y tumbas con piedra labrada a un nivel técnico impresionante. El penúltimo período es dominado por los Chimú (“Intermedio Tardío”, 1000-1450 dC), nuevamente ocupando los valles prósperos de los Moches, reutilizando canales y tecnologías, hasta concretar ciudades de dimensiones hasta entonces no alcanzadas, como la estratificada y compleja Chan Chan, la más grande en barro crudo del continente. Y como corolario, el Imperio de los Incas (“Horizonte Tardío”, 1450-1532 dC), breve en temporalidad pero incomparable en términos de su dominio territorial, sus construcciones impecables, su organización y manejo espacial, sus tradiciones culturales; y afortunadamente más conocido en muchos aspectos gracias a su contemporaneidad con la conquista española, que registró por escrito cuanto encontró de encomiable y de confuso para los estándares del siglo XVI. 

    Para Iberoamérica en general, pero con especial énfasis en los territorios culturalmente densos, como México y Perú, el encuentro con Europa fue un momento de crisis y por ello de cambios, y con ello una segunda instancia fundamental para entender lo vernáculo. Sin entrar en valoraciones, lo cierto es que se dieron decisivas transformaciones en prácticamente todos los aspectos de la vida, y la arquitectura y construcción no fueron la excepción. Las importantes modificaciones espaciales de las ciudades incaicas por parte de los conquistadores españoles, ya en la traza, ya en los propios edificios, son claros ejemplos donde precisamente este encuentro puede leerse. Baste citar concretamente el caso cusqueño: la gran kancha (comparable funcionalmente a una plaza) principal del Imperio hubo de dividirse en tres más pequeñas -las actuales Plaza Mayor, Plaza del Regocijo y Plaza San Francisco- para poder configurar un espacio a escala humana y ya no territorial, que pudiera adaptarse a los nuevos esquemas y visión de civitas propuesto. Y las kanchas individuales (en su acepción de domus familiares) se transformaron en casas-patio, utilizando para ello los primeros niveles de cantería imperial; de modo que la antigua ciudad puede leerse aún en los espacios de recorrido de la nueva, mestiza, Cusco- adaptada a su historia, a su lugar, a su materialidad. 

    Un caso comparable podría ser también el de la kallanka (edificio alargado de planta libre, grande y multiusos hacia la plaza) del pueblo de Huaytará, en la actual Huancavelica: se transformó en una iglesia católica, modificando la forma y altura de su hastial para cambiar la techumbre de paja por tejas de cerámica, y se tapiaron sus vanos trapezoidales hacia la plaza, aunque resultan todavía perfectamente legibles. Un mestizaje forzado pero no por ello menos potente. 

    Una tercera instancia es la de las permanencias: por ejemplo, caminos incas y pre-incas en uso continuo en los siglos, como algunos tramos del Qapac Ñan (el “camino real” de los Incas) con puentes como el Queswachaca, de paja -destruido y reconstruido ritualmente cada año por las comunidades aledañas- o los recorridos de los actuales jirones Ancash y Junín en la moderna Lima, que deforman la trama reticular española y ya eran antiguos para Pachacútec. En la misma categoría deben contarse los canales y sistemas de irrigación, por ejemplo: muchos de ellos permanencias de pueblos siglos anteriores a la llegada de los españoles y que se mantienen en uso hasta el presente. Y tal vez más llamativamente: las técnicas constructivas tradicionales sismo resistentes que son, en esencia, vernáculas y también mestizas. Algunas estructuras exclusivamente indígenas habían ensayado métodos como las shicras -redes tejidas de algodón que contenían gruesas piedras y se usaban como rellenos en los muros de tierra cruda- pero la gran revolución en la costa del Perú para estos fines fue la quincha. Ésta es un entramado de caña y barro (en otras regiones sudamericanas se le llama bahareque) relativamente ligero y flexible y que, aunque ya existía en construcciones menores se “oficializó” en los segundos y terceros niveles de toda la costa del virreinato del Perú por Ordenanza de José Antonio Manso de Velasco, Conde de Superunda, tras el devastador terremoto de 1746 en Lima. La quincha sigue siendo un material tremendamente popular, y se emplea informal y formalmente en muchísimas construcciones modernas, complementando los muros del primer nivel de adobe o tapial, normalmente anchos, rígidos y con mayor inercia térmica. Estas permanencias se leen con más sutileza en las grandes ciudades peruanas; pero por contraste, su potencia como arquitectura vernácula es evidente y mucho más declarada en las provincias y regiones consideradas intermedias y pequeñas. Se pueden así señalar casos como los de los pueblos de Ccecca o Cabana Sur en Lucanas (Ayacucho), Lamas (San Martín, Perú) o Jaén (Cajamarca), donde los límites espaciales entre lo urbano y lo rural son muy poco claros y la materialidad y el diseño formal han sido tradicionalmente mucho más localistas.

    El ejemplo de Lamas es representativo tanto de la construcción vernácula como de su permanencia en el presente y los posibles derroteros de su futuro: se trata de un pequeño conjunto para los estándares peruanos -alrededor de 15000 habitantes- en el norte del Perú. Es capital provincial y geográficamente es parte del piso altitudinal Rupa Rupa o Selva Alta –también “ceja de selva”- ocupando alrededor de 20 kilómetros cuadrados desde los 310 hasta los 920 metros sobre el nivel del mar. Esta gran diferencia de altura, marcada por los barrios de Wayku -prácticamente ya en la Selva Baja y predominantemente indígena- y Plaza -en la zona más alta, conectado con Tarapoto, la capital departamental, y predominantemente mestizo- es clave para entender a Lamas: ambos espacios no sólo contrastan en su localización y población, si no que son resultado directo de los procesos históricos de Lamas y son las marcas de una segregación social y formal que se mantiene desde hace siglos. 

    La fundación de Lamas es aún poco clara en términos de sus habitantes originales, quechuahablantes, y la historiografía menciona tanto a un grupo chanka como a disidentes incas. La ocupación española refunda el lugar como la reducción indígena de Santa Rosa de Lamas a mediados del siglo XVII, y permaneció como un lugar de tránsito en la región, aunque relativamente aislado de los sistemas y servicios del Perú republicano. Solo en 1994 la zona baja, el Wayku indígena, accedió a los servicios de cableado eléctrico. 

    Las construcciones grandes y pequeñas, se realizan aquí tradicionalmente en tapial -esto es, en vaciados de tierra cruda sobre una cimentación de piedras- lo cual es una excepción notable para la Amazonía, pues la humedad y las lluvias intensas no parecieran incentivarlo. Algunos investigadores han buscado aquí la relación con los orígenes andinos del asentamiento, pero no es un tema estudiado a suficiente profundidad aún. Ello significa, sin embargo, que las viviendas y edificios en general presentan apenas el vano de la puerta en la fachada, y se opta por ventilar con grandes espacios abiertos en los hastiales de las cubiertas inclinadas. Estas cubiertas han sido normalmente hechas en caña y hojas de shapaja -una palmera local- trenzadas, logrando elementos de gran elegancia aunque necesariamente reemplazables cada año, por el desgaste del material orgánico. Con la excepción de construcciones más ligeras o precarias, como grandes cubiertas apenas soportadas por ligeras columnas de madera o caña, malocas sin muros, para protegerse del sol y permitir la reunión de grupos más grandes, la tierra cruda predomina hasta el presente y se utiliza cada día en nuevas construcciones. Las viviendas tienden a incluir una única habitación y un altillo o terrado directamente bajo la cubierta, que goza de la circulación más directa del viento entre los vanos de los hastiales. Cocinas y aseos tienden a encontrarse fuera del espacio estricto de la casa, con apenas una ligera protección de los elementos. 

    Con todo ello y la permanencia de estas construcciones, Lamas ya constituye un caso de estudio de gran interés para la arquitectura vernácula, pero existe otro factor que la complejiza aún más: como se ha mencionado, el nivel topográficamente más elevado es ocupado por el barrio de la Plaza, y se presenta como más “moderno”. Pero esconde un secreto: con algunas excepciones realmente recientes, la mayoría de los edificios están también construidos en tapial, con techos de caña y barro, y distribuciones espaciales semejantes a las tradicionales de Wayku. La diferencia está en que -¿tal vez avergonzados de sus orígenes indígenas?- los edificios en la Plaza y en las laderas que los conectan con el barrio más bajo están revestidos en cal y hormigón, incluyendo cajones de madera para disimular los extremos de las cubiertas y dar la sensación de gruesas losas de cubierta. Es decir, manteniendo la tradición vernácula pero buscando vender una imagen de “progreso”. Cierto es que los gruesos muros de tapial no son lo mejor para enfrentar fenómenos como los sismos -afortunadamente poco frecuentes en la región- pero permiten una inercia térmica definitivamente valorable en el contexto. La aparición, cada vez más común, de cubiertas metálicas prefabricadas o ladrillos de baja calidad ha puesto en peligro, como en otras ciudades históricas del Perú, la permanencia de la imagen urbana de Lamas: el equilibrio entre el vernáculo pasado y el futuro está así -en una figura que podría aplicarse a la problemática por extenso, mundialmente- aún por definirse.

    Bibliography

    Arboleda, Gabriel. 2006. ¿Qué es la Arquitectura Vernácula? Berkeley: Etnoarquitectura. En http://www.arquitecturavernacula.com/web/articulos/articulo/49. Consultado el 16 de diciembre de 2013.

    Burga Bartra, Jorge. 2010. Arquitectura Vernácula Peruana. Un análisis tipológico. Lima: Colegio de Arquitectos del Perú.

    Frey, Pierre. 2010. Learning from Vernacular: towards a new vernacular architecture. Tours: Actes Sud.

    ICOMOS. 1999. Carta del Patrimonio Vernáculo Construido. Ciudad de México: 12° Asamblea General en México.

    Rondón Ramírez, Gustavo. 2015. “Los territorios del agua en dos localidades de la Amazonía norte del Perú: los casos de Lamas (San Martín) y Santa María de Nieva (Amazonas).” Espacio y Desarrollo 27: 137+. Gale Academic OneFile, link.gale.com/apps/doc/A466166180/AONE?u=anon~4cc864c7&sid=googleScholar&xid=7fb8f4c4. Consultado el 6 de febrero 2025.

    Rowe, John H. 1962. “Stages and Periods in archaeological interpretation”. Southwestern Journal of Anthhropology vol. 18, 1: 40-54.

    Rudofsky, Bernard. 1964. Architecture without Architects: An Introduction to Nonpedigreed Architecture. New York: Museum of Modern Art.

    Scaletti, Adriana. 2017. “Arquitectura vernácula residencial en Lamas, Perú: un estudio tipológico”. En TRANSVERSAL: Acciones de Integración en el Territorio Peruano, 285-302. Lima: PUCP, ARES, UCL, UL.

    Viñuales, Graciela. 2007. “Arquitectura vernácula en Iberoamérica. Historia y persistencias”. Actas del congreso internacional de Arquitectura Vernácula. Andalucía y América, entre la tradición y la modernidad, editado por Ana Aranda Bernal, Francisco Ollero Lobato, Fernando Quiles García y Rafael Rodríguez-Varo Roales, 15-24. Sevilla: Universidad Pablo de Olavide.