Adriana Scaletti-Cárdenas
Pontificia Universidad Católica del Perú
El Perú es un territorio intervenido prácticamente en su totalidad por la mano humana. Esto puede sorprender frente a las nociones convencionales de la “naturaleza virgen” y del “paisaje natural” que son de difusión generalizada, pero se trata de una realidad objetiva, con pocas y notables excepciones. Estas intervenciones humanas -lo que hoy llamaríamos manejo del territorio– son hijas de una ocupación de milenios, e involucran áreas de gran diversidad geográfica y climática: los espacios, asentamientos y transformaciones son resultado de las acciones de diferentes grupos y civilizaciones, preocupadas en satisfacer ya no solo las necesidades básicas, sino por alcanzar calidades de vida y confort más allá de lo simplemente aceptable. Algunos procesos se vieron truncados por la conquista del siglo XVI, pero otros permanecieron más o menos hasta el presente y se puede aún leer sus huellas en el entorno habitado.
El territorio de lo que hoy es el Perú ha sido dividido para su estudio por los especialistas de diversas maneras (véase por ejemplo, Brack y Mendiola 2000): en lo fundamental siguiendo la orientación tendencialmente paralela al Océano Pacífico en Costa, Sierra y Selva; y más científicamente en base a sus pisos altitudinales, desde la propuesta de Pulgar Vidal (1966). Este autor propone una división en ocho regiones, nombradas siguiendo la toponimia indígena: la costa desértica o Chala (0-500 m.s.n.m.), la Yunga (500-2300 m.s.n.m.), la Quechua (2300-3500 m.s.n.m.), la Suni (3500-4000 m.s.n.m.), la Puna (4000-4800 m.s.n.m.), la Janca o cordillera (4800-6750 m.s.n.m., la altura del Huascarán, el pico más elevado del país), la selva alta o Rupa Rupa (también llamada popularmente “ceja de selva”, 400-1500 m.s.n.m. en la vertiente oriental de los Andes) y la selva baja u Omagua (80-400 m.s.n.m). En todas ellas, la presencia humana ha buscado aprovechar y gestionar el espacio original, transformándolo con su accionar o mediante su sacralización e intangibilidad relativa en un escenario cultural. En específico, el entendimiento de las antiguas poblaciones indígenas de la región significó utilizar cada piso altitudinal en diferentes formas y momentos del año, a veces en simultáneo para obtener diferentes recursos, a veces circulando entre ellos sistemáticamente.
Podemos hablar así de una infinidad de paisajes culturales, que marcan el territorio y los ámbitos de influencia de diferentes expresiones humanas. A pesar de esas diferencias, entendemos que tienen en común desde los orígenes una percepción escalar que relaciona al espacio habitado directamente con el territorio; y en mayor o menor medida, elementos animados donde cerros, ríos, el mar- todos tienen participación en la vida humana y con ella interactúan. Los más notables entre estos elementos del paisaje son señalados como apus o huacas, referentes ineludibles en la construcción simbólica del entorno y frecuentemente base para el emplazamiento de las más importantes edificaciones del mundo indígena: un ejemplo tremendamente significativo en la costa del Perú actual es el santuario y oráculo pan-andino de Pachacámac, ubicado estratégicamente en un promontorio entre el mar y el valle y cuyo establecimiento se explica en mitología como la conservada en el manuscrito de Huarochirí (Arguedas 1966) , recopilado a fines del siglo XVI desde las tradiciones orales.
En términos más tangibles, como se señaló líneas arriba ya desde la revolución neolítica puede comprobarse en el Perú el inteligente entendimiento de las posibilidades del territorio, que permitió a las comunidades indígenas el mejor aprovechamiento de la biodiversidad de la región: se registran así, desplazamientos recurrentes de la población en los diferentes espacios determinados por geografía, climas y pisos altitudinales y por ello con acceso a múltiples recursos (véase, por ejemplo, Lavalée 1997). Desde ese inicio trashumante, puramente extractivo, se pasó rápidamente a una ocupación más o menos permanente, y ello significó el desarrollo de las primeras aldeas agrícolas o pastoriles de las que por el momento existe limitada evidencia. Pero a todo ello siguió, con notable empuje, el inicio de un período de siglos de domesticación del territorio, con acciones de lo que hoy podría llamarse, con cierta licencia, infraestructura territorial, a lo que se unieron los primeros grandes centros ceremoniales-administrativos y las incipientes ciudades.
El período en el que estas intervenciones se disparan en número y continuidad es el que Lumbreras y otros han definido como “Formativo”: entre otras importantes innovaciones, es entonces que se registra el desarrollo de la metalurgia y uso de la cerámica cocida, lo que permitió la fermentación de líquidos y la cocción y almacenamiento de más alimentos, con el consiguiente aumento demográfico. Como referencia, son de este momento obras construidas colectivas como el canal de Cumbemayo, que deriva agua de los manantiales de los cerros Cumbe, que fluiría naturalmente hacia el Pacífico, a la vertiente oriental del Amazonas, en más de nueve kilómetros de desarrollo en piedra labrada.
En los siglos siguientes, mientras el aspecto urbano se definía en expresiones cada vez más regulares y complejas, la ejecución de obras de irrigación de toda escala -particularmente notables son las que culturas en sucesión establecieron en el valle de Moche- y muchos otros canales de todas las dimensiones aparecen con mayor claridad técnica y recurrencia. Aquí deben mencionarse, por ejemplo, los canales subterráneos preincas en el desierto de Nazca y Paracas, abiertos para control y limpieza en “ojos” o puquios que todavía señalan el paisaje; la canalización de ríos con propósitos fuertemente simbólicos como en Chavín de Huántar o Pisac; el sistema urbano de acequias y fuentes del Cusco de Pachacútec -vigente hasta los siglos siguientes y aún hoy existente bajo las calles cusqueñas modernas- e incluso intervenciones como el gran canal de Surco, que con más de 29 kilómetros todavía riega muchas de las áreas verdes de la gran metrópolis moderna de Lima.
Muchas de estas intervenciones de transformación territorial que han llegado al presente como actividades “vivas” son de naturaleza agrícola1; aquí deben incluirse, por supuesto, los andenes y terrazas agrícolas definitorios del paisaje en muchos ámbitos y con algunos ejemplos de particular elegancia sobretodo en el Imperio Inca, como Moray o las salinas de Maras; pero no deben olvidarse tradiciones menos extendidas o concentradas en una región específica, como los waru-waru o camellones en el entorno del lago Titicaca, utilizados para proteger los cultivos de las heladas; o las hoyas de cultivo en las zonas desérticas de la costa, que buscan nutrirse de la napa freática cercana a la superficie. Asimismo, no deben descuidarse en este discurso los corrales dispersos pensados para camélidos andinos o las organizaciones periódicas en las alturas para los chacos, que se relacionan aún hoy con la cosmovisión y engranaje territorial de muchas comunidades indígenas activas.
El desarrollo agropecuario de algunos valles trajo consigo una nueva necesidad: la protección de los mismos, frente a posibles ataques de pueblos vecinos menos favorecidos. De ese modo, las intervenciones a nivel territorial se ampliaron a la instalación de fortalezas y ciudadelas amuralladas, como las del valle de Casma. Estos asentamientos militares, en muchos casos, incorporaban las expresiones de templos y centros administrativos y ceremoniales; que al tiempo eran también indispensables para controlar y manejar el territorio, ya fuera a através de las armas, ya a través del conocimiento de los especialistas, sacerdotes que observaban los astros para entender el clima, como en Chankillo. Las propias ciudades, si distribuidas con la administración territorial en mente, resultaron indispensables en momentos como los de la cultura Wari -contemporánea con Tiahuanaco, en la actual Bolivia- con modelos estandarizados, ortogonales y repetitivos, que permiten hablar claramente de un sistema de ocupación metódico y planificado.
Otro importante componente de dominio humano sobre el espacio se apoya en las comunicaciones: caminos y puentes de varios momentos pero sobretodo de época imperial todavía marcan el territorio, aunque en muchos casos cubiertos por recorridos modernos, inteligentemente reconociendo su ubicación y calidades estratégicas, aunque no necesariamente con respeto o cuidado por la permanencia indígena. Ello ha resultado no solo determinante para la fisonomía de ciudades y la organización de recorridos en la actualidad, sino que además permite imaginar la increíble dimensión de estos sistemas en una geografía tan compleja como la de los Andes. El ejemplo más representativo a escala territorial es posiblemente el del inmenso Qapac Ñan, el “Camino Real” de los incas: se desarrollaba a lo largo de cinco países actuales, recorriendo más de 30000 kilómetros en la cima de los Andes y con ramales bajando hacia ambas vertientes. Puentes como el Qeswashaka se reconstruían anualmente por las comunidades a ambos lados del cañón que forma el río Apurímac allí, para asegurar su mantenimiento2. Pero además del gran camino incaico, numerosísimos otros, siglos antes, fueron ya establecidos. Como los canales, se trabajaron colectivamente, y como los canales, en muchos casos sobrevivieron a la conquista del siglo XVI. Mientras que muchas transformaciones en el ámbito agrícola desaparecieron por descuido o se redujeron drásticamente por no ser entendidas -como por ejemplo el recojo e utilización de la humedad ambiental en el cultivo en lomas y laderas- caminos y canales se identificaron como elementos inmediatamente útiles y permanecieron.
El presente nos enfrenta nuevamente a un territorio de naturaleza compleja, con múltiples urgencias, que necesita ser entendido para poder ser eficiente y respetuosamente habitado. Reflexionar sobre las ensayos y triunfos de siglos de las comunidades indígenas en ese sentido no puede ser sino un paso indispensable en la dirección correcta; y entender cómo los aportes y transformaciones que contribuyeron los siglos siguientes nos han colocado en la situación presente, una advertencia que hay que asimismo entender para crear un nuevo, informado sistema.
1 Los andenes son plataformas escalonadas, delimitadas por un muro de contención, que se construyen ocupando las laderas de la accidentada geografía andina, permitiendo la conservación del suelo y el agua, frecuentemente asociados a pequeñas acequias o canales. Las terrazas de cultivo son algo menos resueltas y típicamente siguen la pendiente donde se ubican.
2 Afortunadamente, esta práctica se mantiene hasta el presente.
Bibliografía:
Arguedas, José María. 1966. Dioses y hombres de Huarochirí [Narración quechua recogida por Francisco de Ávila (1598)]. Lima: Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú-Instituto de Estudios Peruanos.
Brack, Antonio y Cecilia Mendiola. 2000. Ecología del Perú. Lima: Editorial Bruño – Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
Canziani, José. 2012. Ciudad y territorio en los Andes: contribuciones a la historia del urbanismo prehispánico. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Hyslop, John. 1990. Inka Settlement Planning. Austin: University of Texas Press.
Kendall, Ann & Rodríguez, Abelardo. 2009. Desarrollo y perspectivas de los sistemas de andenería de los Andes centrales del Perú. Cusco: Instituto Francés de Estudios Andinos – Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas.
Lavalée, Daniéle. 1997. “Territorio, recursos líticos y estrategias de aprovisionamiento en la cuenca del alto Shaka (Junín, Perú)”. En Arqueología, Antropología e Historia en los Andes. Homenaje a María Rostworowski, editado por Rafael Varón y Javier Flores, 353-378. Lima: Instituto de Estudios Peruanos – Banco Central de Reserva del Perú.
Lumbreras, Luis. 1981. Arqueología de la América Andina. Lima: Editorial Milla Batres.
Pulgar Vidal, Javier. 1996. Geografía del Perú. Lima: Editorial PEISA.

