Contributor: Soledad del Río

  • Naturaleza

    Rolando Silla 
    Soledad del Río
    CONICET – EIDAES/Universidad Nacional de San Martín, Argentina

    Para occidente moderno el término naturaleza posee por lo menos dos significados: como algo que está fuera y es independiente de lo humano y como esencia, tanto humana como de las cosas. Ambas definiciones se complementan. Estudios antropológicos que investigaron qué es la naturaleza en otras culturas, han demostrado que estos grupos no dividen que es natural y que no de la misma manera que occidente, o se ha hallado incluso que el propio concepto muchas veces pareciera no existir.   

    Volviendo a occidente, en la primera acepción, la naturaleza es lo dado, lo creado por Dios (en el sentido teológico) o por las propias leyes que rigen el universo (en la acepción secular). Naturaleza corresponde entonces, a una serie de factores mecánicos que rigen el universo. Carece de voluntad propia, no tiene capacidad de crear sentido y posee una lógica y funcionamiento independiente de lo humano, sus propias y auténticas leyes, homogéneas y universales. En este sentido, naturaleza es lo contrario a nociones como espíritu o cultura, e implica aquello que está “dado” frente a lo “construido” por la creación humana. 

    Esta división aparece de forma madura con Aristóteles, aunque en el pensamiento griego los humanos siguen formando parte de la naturaleza. Es con el judeo-cristianismo que se establece el principio de una trascendencia humana y simultáneamente un universo creado de la nada por la voluntad divina. Es entonces que la naturaleza se confía a los humanos como posesión temporaria, pues de aquí en más el mundo tiene un origen y un final. En la concepción más moderna, los atisbos de una naturaleza externa a los humanos aparecen con la pintura europea de tipo paisajista a partir del siglo XV, en dónde un observador externo aprecia el paisaje. Se constituye así, un objeto (pasible de ser observado, apreciado o analizado), y un sujeto activo que observa, aprecia, analiza e interviene sobre aquél. Una naturaleza constituida en Objeto y una humanidad que se constituye como Sujeto. El paisaje se torna así, autónomo del observador. Esto se desarrolla en el arte de forma conjunta con los estudios científicos que conducen a la matematización del espacio, en científicos como Copérnico o filósofos como Descartes. Simultáneamente, la expansión colonial europea, que se inicia en este mismo período, comienza a configurar una conciencia planetaria en donde la Ciencia es la encargada de obtener el conocimiento verdadero sobre cómo la naturaleza funciona. Por ejemplo, Carl Linneo creó una forma universal de clasificar a las plantas hacia mediados del siglo XVIII, sacando a cada especie de su hábitat para colocarla dentro de una clasificación abstracta, fuera de todo contexto, y por ende considerada universal y verdadera.  

    En su segunda acepción, naturaleza es sinónimo de esencia de las cosas, de lo que es el Ser de cada cosa. Conceptos tales como “Estado de Naturaleza” anclado por los filósofos europeos del siglo XVIII dan claridad de esta división, en donde un “Hombre Natural”, sin cultura, sin normas impuestas por las convenciones sociales de cada época vive en un estado natural, que puede ser un estado de guerra (como en Hobbes) o de armonía (como en Rousseau), pero siempre fuera de las convenciones propiamente humanas. Vinculada a esta idea, se encuentra la de “libertad”, la del supuesto de que se podría ser completamente libre de toda norma social y por ende, mostrar su verdadera esencia. El Estado de Naturaleza es entonces, lo opuesto al Contrato Social. Naturaleza o Estado Natural tienen una connotación de primitivo o salvaje; y esta acepción puede tener tanto una valoración positiva (estar cerca de lo natural, de la esencia de las cosas) o negativa (como salvaje que todavía carece de cultura, de civilización, de no haber incorporado los valores morales de las convenciones sociales y por ello, estar cerca de lo animal). Es común que estas apelaciones, tanto en sentido negativo como positivo, se otorguen a campesinos o indígenas. Es entonces que, como esencia, naturaleza es algo que está dentro de nosotros y es lo que realmente somos: nuestra naturaleza. En esta acepción, la naturaleza de una cosa es lo que hace que una cosa posea un Ser, una identidad clara y distinta. El ser contrario a la naturaleza es lo monstruoso.

    El orden natural de las cosas tiene así dos contrapartes. Por un lado, se enfrenta a lo monstruoso, lo que está contra la naturaleza, aunque finalmente sea parte de ella. Por el otro, está lo “artificial”, aquello que es construido. Construido, a su vez tiene otras dos acepciones vinculadas a esta cuestión: algo puede ser construido en el sentido de fabricado por el espíritu o la inventiva humana, y por ende es artificial; o sea, no está “en la naturaleza”, no es independiente de lo humano, pero es un éxito y ejemplo de cómo los humanos podemos trascender el orden natural. Por ejemplo, el intelecto humano creó vacunas que, manipulando entes naturales, salvan vidas. En este sentido, tiene una connotación positiva. Pero también construido puede significar algo negativo, como algo que, al no seguir el orden natural, tiene algo de falso y contrario a su esencia. En síntesis, desde la perspectiva occidental, la naturaleza es al mismo tiempo naturaleza humana y entorno no-social. La cultura es a la vez sujeto creativo y objeto acabado; la naturaleza es a la vez recurso y limitación, susceptible de alteración y que opera bajo sus propias leyes.

    En las últimas décadas, el concepto de naturaleza cobró nuevos sentidos. Podemos nombrar tres cuestiones. Uno es el salto tecnológico a partir de desarrollos como la teoría de los sistemas, la ingeniería genética o la biotecnología. Es así que la manipulación genética o la inteligencia artificial ponen en duda la división tajante entre lo que es humano y lo que no lo es. Por ejemplo, las investigaciones en xenotrasplantes (trasplantes de órganos y tejidos animales a seres humanos con enfermedades terminales) o las transgénesis (transferencia de genes humanos a animales y viceversa) rompen la barrera entre lo humano y lo animal, entre la naturaleza y la cultura, redefiniendo incluso la idea de monstruoso y anclando nuevos conceptos como el de cyborg de Donna Haraway (1995). La otra corresponde a la crisis ecológica de alcance planetario. Mientras en el funcionamiento de los ecosistemas sin intervención humana las plantas sintetizan nutrientes que alimentan a los herbívoros, que a su vez alimentan a los carnívoros, que proporcionan importantes cantidades de residuos orgánicos, los cuales dan lugar a una nueva generación de vegetales; en el sistema industrial, al final del ciclo de producción y de consumo, no existe la capacidad de absorber y reutilizar los residuos y desechos. El fenómeno es de tal magnitud que muchos especialistas opinan que el humano ha dejado de ser un agente biológico (como los demás animales y plantas), fenómeno que se denomina “antropización”, a proponer que nos hemos convertido en una fuerza geológica (como los volcanes) y que se cambió de época geológica y entonces ya no estaríamos en el Holoceno sino en el “Antropoceno”. Si bien actualmente se lo concibe más como un “evento geológico” que como un cambio de época, no deja de ser preocupante y tener graves consecuencias para el futuro de la vida humana en el planeta. En términos de análisis, este evento termina por cancelar la división tajante entre Historia Natural (de la cual los humanos quedan excluidos) de la Historia Social (solo pertinente a la evolución de la humanidad). 

    El otro factor vinculado corresponde a estudios sobre etnografía de la ciencia, la ecología humana y las sociedades no occidentales – en principio tres áreas independientes – que comenzaron a converger de una forma virtuosa. Lo que los aglutinó fue el concepto de naturaleza. La primera observación fue, como adelantamos, que naturaleza no es un universal. Esto ya era sabido por la antropología anterior. La segunda fue la crítica de que, en la relación establecida por occidente entre naturaleza-cultura, cultura siempre queda como variable (hay muchas culturas, toda válidas y respetables), pero sólo existe una naturaleza, y la única que tiene un saber real, o al menos aproximado, de cómo la naturaleza funciona es la Ciencia. Esto crea una asimetría epistémica de occidente respecto de otras culturas. Occidente creó así un mundo en dónde existirían muchas culturas, pero sólo una naturaleza. La pregunta en antropología pasó a la pregunta de si existirían otras ontologías (cómo el mundo es), además de la occidental. Se desarrollaron entonces teorías como el “perspectivismo amerindio”, de Eduardo Viveiros de Castro (2014), según el cual los pueblos indígenas americanos (y en especial de las tierras bajas sudamericanas) comparten una concepción según la cual el mundo está compuesto por una multiplicidad de puntos de vista, y por ello, potencialmente todas las cosas existentes son centros de intencionalidad, voluntad y agencia. En esta concepción, los animales y demás no-humanos dotados de alma se ven como personas, y por consiguiente son personas, porque cualquiera de ellos puede revelarse como (y a partir de un acto de transformación) una persona. Esto excede las tradicionales concepciones antropológicas de animismo. 

    Por otro lado, no todo el pensamiento occidental hizo una división tajante entre naturaleza y cultura. Para sólo referirnos a los tiempos recientes, la biosemiótica creada por Jakob von Uexküll (2024) a comienzos del siglo XX, plantea que el sentido no es exclusividad de los humanos. La única exclusividad humana sería el lenguaje articulado. Estudios etológicos sobre primates superiores han demostrado también que los chimpancés son capaces de fabricar ciertos utensilios, y se podría decir que tienen una protocultura. Para muchos autores como Gregory Bateson (1988), la comunicación es una cualidad de la vida y es anterior a la aparición de los humanos. 

    En la actualidad son muchos los autores que plantean que la división tajante entre lo natural y lo humano nos ha llevado a esta nueva encrucijada evolutiva, de la cual la modernización, y en especial la industrialización, es uno de los principales problemas. Por ello bregan por pensar y actuar para un mundo en donde quepamos todos. Pero ese “todos” no refiere sólo a la humanidad, sino que implica la supervivencia de los demás existentes y, claro está, del propio planeta. Esto, bajo el presupuesto de que ninguna especie, ni siquiera la humana, se salva sola. Entonces ya no sólo deberíamos preocuparnos en el futuro de la humanidad, reino de la cultura, ni en el medioambiente, reino de la naturaleza, sino en probar y experimentar en cómo podemos hacer para que ambos problemas, generalmente vistos como dos agendas independientes, y hasta a veces contradictorias (o sea a las cuestiones sobre cómo lograr la equidad social y mantener un planeta sustentable), vayan juntas. Varios antropólogos consideran que muchos saberes indígenas podrían ayudarnos en resolver esta tarea. 

    ¿Cuál es la importancia que tendría entonces el concepto de naturaleza para los grupos indígenas? Durante mucho tiempo, la antropología dio por sentado que había que contrastar las “otras culturas” con un proceso de modernización de origen europeo o, en todo caso, “occidental” o “moderno”. Por el contrario, las etnografías más contemporáneas sobre el pensamiento amerindio nos invitan a definir lo que es “natural”, “social” o “cultural” para los pueblos que se estudian. Esto equivale a preguntarse cuál es la antropología de estos pueblos. Una vez asumido esto, el conocer ya no es un modo de representar lo desconocido, sino de interactuar con él. 

    Desarmar la distinción entre naturaleza y cultura también es desarmar entonces la prevalencia de “lo moderno” versus “lo tradicional” o “primitivo”. Es entonces que el término naturaleza puede convertirse en un problema para el proyecto EDGES, ya que crea la idea, y prácticas de, o bien un lugar salvaje en el que no es deseable vivir ni proteger, sino conquistar, o un lugar prístino que los humanos corrompemos y del que sólo se puede proteger saliéndonos de él. En este sentido, pensar con estas filosofías nos invita a repensar el proyecto modernizador de occidente. Nos invita a pensar en nuevos términos que incluyan el reconocimiento de un paradigma ecológico, comunicacional y diplomático. Nociones como hábitat o “habitar”, en cambio resalta que los humanos no somos los únicos que actúan; en cambio “naturaleza” sólo tiene sentido para quienes no creen que habitan y son parte constitutiva de ella. 

    Bibliografía:

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    von Uexküll, Jakob. 2024. Teoría de la significación. Cactus.